El proceso que permite que los rayos del sol que caen sobre el techo de tu hogar se conviertan en energía está basado en paneles de aluminio que son capaces de captar energía de la luz solar y convertirla. En su interior se esconde la magia: las células fotovoltaicas. Su sensibilidad es extrema a los rayos solares ya que al recibirlas se liberan electrones por parte de los fotones y este proceso termina generando electricidad. Esta energía va a poder ser administrada. La misión de la baterías es guardar la electricidad que no se ha consumido. Otro elemento fundamental en este sistema de generación energética es el alternador, que va convirtiendo la corriente continua en alterna.

Una vez conocido el funcionamiento sepamos algo sobre sus componentes. Las células fotovoltaicas pueden ser de dos tipos: las cristalinas, que están conformadas por silicio cristalizado, y las informes que no están cristalizadas. Los expertos apuntan a las cristalinas como las de mejor desempeño, aunque por el contrario tienen un coste mayor. Las celdas de la pieza superan las 65 unidades de media, siendo esencial para su inmejorable funcionamiento su adecuada orientación geográfica, entre treinta y cuatro y treinta y seis grados, con vistas al sur.

Una placa genera en la mayor parte de los casos entre 250W y 300W de energía por cada hora de sol.

Podemos hacer un cálculo para saber que con unas 7 horas de sol activo podremos conseguir hasta dos con uno kW al día. Incluso en invierno, la eficacia de estos recomendables productores de energía está garantizada, por el hecho de que su rendimiento no guarda relación con la cantidad de calor sino con las horas de luz. No van a estar a máximo rendimiento mas proseguirán generando energía incluso en días encapotados.